domingo, 8 de abril de 2018

VII. LOS ENEMIGOS ÍNTIMOS DE LA DEMOCRACIA. TZVETAN TODOROV (I)


De las cinco entradas que el DRAE dedica a la palabra Democracia, las dos más relevantes a los efectos de este comentario la definen como «Forma de gobierno en la que el poder político es ejercido por los ciudadanos», y como «Doctrina política según la cual la soberanía reside en el pueblo, que ejerce el poder directamente o por medio de representantes». Ambas definiciones no nos hacen avanzar mucho más que su escueto significado etimológico dημος (pueblo) y Kρατος (poder)—, pero sí sirven para generar un nimbo de respetabilidad. A ello también contribuye una tercera acepción que nos brinda una sinécdoque bien reveladora: «País cuya forma de gobierno es una democracia», y que nos sitúa ante una idea lo suficientemente potente como para tomar una parte, cual es el sistema político, y emplearla para la definición del todo.

Visto lo anterior, no debe extrañar que pocos conceptos hayan generado los últimos doscientos años en Occidente debates más acalorados que el de Democracia; y que casi ningún régimen político alumbrado durante ese período de tiempo haya prescindido de adornarse con su cuño. Así hemos visto florecer democracias liberales, orgánicas, populares, sociales, directas, asamblearias; y que las últimas demandas ciudadanas clamen por la Democracia Real Ya, poniéndonos nuevamente sobre el tapete la asimetría irreductible entre la magnificiencia del concepto y la enjutez de sus carnes.

En este ensayo Tzvetan Todorov vuelve sobre esta noción tan fructífera, tomando como punto de partida un hecho histórico incontrovertible: el colapso de la Unión Soviética y de sus regímenes satélites ha convertido a la democracia liberal en el modelo ideológico de referencia en el mundo, sin que resulte creíble que puedan disputarle tal hegemonía grupos terroristas o teocracias de inspiración islamista, que no dejan de ser, más allá de su acreditada capacidad para causar mucho daño, enemigos de sustitución con que entretener a la industria militar que legaron cuarenta años de guerra fría.

Su planteamiento, no obstante, dista mucho del triunfalismo hegeliano que exhiben las tesis de Francis Fukuyama sobre el fin de la Historia. Con muy buen tino, Todorov no concibe un Libro mayor del Tiempo cuyo último asiento sería la democracia como estadio final de la evolución ideológica de la humanidad, sino que entiende la Historia como un proceso continuo que genera contradicciones sin descanso. Para un primer esbozo de la idea recurre a los clásicos de la Ilustración; no en vano fue en su seno donde se gestó como un producto de la razón y antídoto del despotismo:

«La democracia se caracteriza no sólo por cómo se instituye el poder y por la finalidad de su acción, sino también por cómo se ejerce. En este caso la palabra clave es pluralismo, ya que se considera que no deben confiarse todos los poderes, por legítimos que sean, a las mismas personas, ni deben concentrarse en las mismas instituciones […] Así la voluntad del pueblo tropieza con un límite de otro orden: para evitar que sufra los efectos de una emoción pasajera o de una hábil manipulación de la opinión, debe ajustarse a los grandes principios definidos tras una madura reflexión y consignados en la Constitución del país, o simplemente heredados de la sabiduría popular.» [1]

Creo que el párrafo acierta en la idea final, aunque con una cierta confusión conceptual. Se mezclan los principios de la arquitectura institucional que vienen definidos desde Montesquieu por la división de poderes, con su componente moral que, ése sí, depende del pluralismo. La democracia no es el gobierno de la mayoría; es el gobierno de la mayoría con salvaguarda para los derechos de la minoría. Una nación que opere por unanimidad no necesita reglas, pero no es una democracia. Ésta requiere competencia de pareceres para propiciar la evolución social, y eso sólo puede lograrse imponiendo límites a la mayoría. Es menester insistir en ello porque la idea de que el gobernante ungido por la mayoría levita sobre las leyes está en el núcleo de las revisiones del concepto de democracia que arman el populismo y el nacionalismo. Un gobernante de esas características ya no es un gobernante; es un caudillo que liba en las fuentes del volksgeist. Sobre las consecuencias de ello hay mucha literatura, y quien esté interesado puede leer cualquier libro de Historia que preste atención a la primera mitad del siglo XX. Recomiendo indulgencia: no hace falta que tenga las comas bien puestas porque los cadáveres se apilan por millones.

Sentado que la democracia es el modelo hegemónico, que no es un modelo que nazca perfecto sino con capacidad de mejora, y que su continuidad depende del balance entre sus elementos constitutivos —el pueblo, el individuo y progreso—, ya no cabe buscar sus adversarios fuera de ella sino en sí misma; en la hipertrofia de alguno de ellos, en su vuelo por libre. Eso explica el título del libro:

«Los peligros inherentes a la idea de democracia proceden del hecho de aislar y favorecer exclusivamente uno de sus elementos. Lo que reúne estos diversos peligros es la presencia de cierta desmesura. El pueblo, la libertad y el progreso son elementos constitutivos de la democracia, pero si uno de ellos rompe su vínculo con los demás, escapa a todo intento de limitación y se erige en principio único, esos elementos se convierten en peligros: populismo, ultraliberalismo y mesianismo, los enemigos íntimos de la democracia.» [2]

Antes de entrar en el conocimiento de cada uno de estos peligros, el autor se detiene en un debate previo de gran raigambre filosófica que puede dar razón de su correcto equilibrio: cuánto hay de libre y de determinado en la conducta humana. Para ello se remonta nada más y nada menos que a los albores del cristianismo, resucitando la vieja polémica entre Pelagio y San Agustín sobre el pecado original, la gracia divina y la contribución del libre albedrío a la salvación del alma.

Resumiendo mucho las ideas, el pelagianismo parte de una antropología optimista; más moderna, si queremos definirla así. El hombre no nace determinado por su naturaleza; se alza sobre el resto de las bestias porque conserva capacidad para elegir. Es esa indefinición genética la que dota a su conducta de un componente moral, porque las obras sólo hablan de sus autores en presencia de libertad. No existe un pecado original que se deba expiar y la gracia divina no es más que una ayuda interior que posibilita la salvación gracias al seguimiento de las normas morales, y que puede fortalecerse por el entorno y el esfuerzo. Su mensaje muta en una Ética que escapa de los confines del cristianismo, con consecuencias devastadoras para la Iglesia concebida como organización:

«Como Dios ha concedido su gracia a todos los miembros de la especie humana, en realidad no es necesario ser cristiano para salvarse. Hay paganos virtuosos que también se salvan. La primera cualidad que se exige a los seres humanos no es la sumisión —al dogma o a la Iglesia—, sino el autocontrol y la fuerza de carácter; no la humildad, sino que tome el destino en sus manos, y por lo tanto la autonomía.» [3]

No es de extrañar que fuese declarada doctrina herética. Por su parte el agustinianismo desconfía del género humano. Ve en los recovecos de su psique razones para la conducta que nunca se hacen patentes. Como no se puede extender la brida de la voluntad sobre aquello que se desconoce, la libertad es ficticia. Por si esto no fuera bastante, un edificio moral que descanse sobre la voluntad tiene cimientos muy frágiles. Cuando la voluntad se pervierte, el apetito se desordena; cuando éste se obedece, deviene costumbre; y de no topar con límites, se hace necesidad. San Agustín sí cree en el pecado original y reprueba las tesis de Pelagio por ser una versión de éste. Adán y Eva desobedecieron; buscaron por sí mismos el fundamento del bien y del mal. Cuando Pelagio anima a los hombres a tomar las riendas de su destino, menoscaba la humildad en favor del orgullo. La salvación del alma no depende de la voluntad ni de la fortaleza de carácter; es un acto de gracia divina:

«La impotencia del hombre no lo condena a arder eternamente en el infierno. El primer paso consiste en abrazar la religión cristiana […]. El paso siguiente consiste en someter nuestra conducta a los preceptos de la Iglesia. Lo que nos salva es la obediencia, y lo que nos pierde es la aspiración a tener mayor autonomía. La fuerza procede de la fe, no de la voluntad o de la razón. En definitiva, para salvarse hay que contar no con la libertad humana, sino con la gracia divina, que el ser humano no puede provocar ni prever.» [4]

Puede parecer una disputa estéril, pero reelaboraciones de ella explican gran parte del siglo XX; porque ¿qué es el liberalismo si no una sutil variación de los principios pelagianos? ¿Qué son el fascismo y el comunismo más que la gracia divina transustanciada en forma de raza y clase social? Para encontrar la que quizás sea la única síntesis posible debemos recurrir a los principios ilustrados en los que nace la democracia, no como un sistema perfecto sino perfectible. La mejora de la sociedad no depende de un deus ex machina; el hombre puede intervenir, pero la pretensión de un dominio total de su destino es quimérica. La sociedad democrática es una solución de compromiso entre voluntarismo y fatalismo.

La formulación teórica de este principio es más sencilla que su administración práctica, como comprueban desde fecha bien temprana los revolucionarios franceses. Una fuerza contenida durante largo tiempo por el despotismo y por fin liberada no es fácil de controlar. El descubrimiento de una fuente de progreso lleva inserto en su ADN la vía del exceso; las palabras de Sant–Just ante la Convención constituyente iluminan el signo de los nuevos tiempos: «El legislador da órdenes para el futuro. No le sirve de nada ser débil. Tiene que querer el bien, y perpetuarlo. Tiene que hacer de los hombres lo que quiere que sean» [5]. El pórtico para el culto de la diosa Razón y del Ser Supremo acababa de abrirse; esperaba el Terror. Dejando de lado el artificio de creer que los hombres sentados en una cámara legislativa se convierten en el legislador, un superhéroe abstracto omnisciente e incorruptible, la razón práctica no nos distancia mucho de cualquier tiranía: la querencia por el bien y el deseo de que se imponga y perpetúe animan también a todos los déspotas; y la mejor manera que encuentran para cumplir con tan noble fin es la perpetuarse ellos mismos en el poder y eliminar, si llega el caso físicamente, a quienes tengan la osadía de sostener opiniones diferentes a la suya, o como dice el autor:

«La materia humana maleable queda en manos del legislador, es decir, de los miembros de la Asamblea, o, para ser más exactos, de los que la controlan. Una vez conquistado el bien, evidentemente habrá que dedicarse a “perpetuarlo”. Dicho de otro modo: no puede dejarse de recurrir a la violencia, y a la Revolución la sucederá el Terror, que deriva no de circunstancias fortuitas, sino de la propia estructura del proyecto […]. En su búsqueda de una salvación temporal, esta doctrina no reserva un lugar a Dios, pero conserva otros rasgos de la antigua religión, como la fe ciega en los nuevos dogmas, el fervor en sus acciones y en el proselitismo de sus fieles, y la conversión de sus partidarios caídos en la lucha en mártires, en figuras a adorar como a santos.» [6]

Es en el ardor revolucionario francés donde germina la primera oleada mesiánica. Si esta forma de concebir el poder es desastrosa para quienes quedan atrapados bajo su yugo, las consecuencias internacionales son catastróficas: todo el continente se tiñe de sangre, y de ahí a la conquista del mundo. La Revolución se cree descubridora de una buena nueva que tiene el deber de anunciar a los demás; si es menester, espada en mano. Están presentes ya desde un principio las características del mesianismo democrático que aparecerán recurrentemente en el futuro: manejo de un programa transformador aparentemente generoso, erección de un deber categórico para su portador, asignación asimétrica de papeles —ilustrador activo e ilustrando pasivo—, y recurso a la violencia como cláusula de cierre frente a una convicción infructuosa, que cuando triunfa se apoya en la superioridad tecnológica más que en la moral. El resultado es la sustitución de una forma de tiranía por otra más insoportable que la depuesta, pues une a los modos dictatoriales su origen extranjero:

«Su deber como civilizado es sacarlas de la barbarie, pero ellos mismos pueden no ser conscientes del bien que les espera y oponer resistencia. En este caso es preciso obligarlos, porque, como dice también Condorcet, la población europea debe “civilizarlos o hacerlos desaparecer”.» [7]

La segunda oleada mesiánica —más bárbara que la anterior— es el resultado de incorporar sobre los principios progresistas anejos a razón ilustrada las enseñanzas de una supuesta disciplina científica, el marxismo. Su premisa de partida es concebir la sociedad como un campo de batalla; no hay otra forma de interacción entre los seres humanos que la guerra total de todos contra todos. Nada comparten; nada les une. Tras el contrato social, esa lucha individual protagonizada por el homo homini lupus hobbesiano se trasforma en una lucha de clanes económicos que heredan ese carácter inmiscible. Viene de oficio que sus ideas de propiedad sean incompatibles; así como la religión, que no es más que un instrumento de alienación y dominio. Pero aparte de ello no pueden compartir ninguna creencia moral, concepto de justicia, código práctico, tradición, símbolo, juego; ni siquiera concepción artística o estética alguna. Todo lo humanamente concebible es proyección de los intereses económicos de la clase social dominante y, por tanto, un instrumento para la servidumbre de la clase social desposeída. De ello no se escapa ni la idea de familia, que es otro código de dominio —un discurso burgués exitoso, por emplear cháchara posmoderna—, frente a una alternativa que podrían ser orgías en comandita, servicio social de nodrizas y programas de filiación aleatoria o asignación de paternidad genérica al Gran Hermano, por poner un ejemplo de discurso menos aburrido.

El comunismo nace con un ideal cerrado del bien; no pretende una sociedad perfectible sino perfecta desde su nacimiento. Con estos mimbres ideológicos, la libertad de expresión no puede observarse más que con abierta hostilidad: toda idea discrepante no introduce un elemento de dialéctica potencialmente enriquecedora del sistema sino un germen de corrupción que debe ser extirpado a toda costa:

«Como todos los mesianismos, el comunismo defenderá la idea de que la historia lleva una dirección preestablecida e inmutable, en la que encontrará la legitimación de sus acciones. Vemos aquí el papel que la religión cristiana otorga a la Providencia, salvo que en este caso para conocer la dirección en la que avanza ya no basta con leer los libros sagrados, sino que es preciso establecer las leyes de la historia de manera científica. Por esta razón los comunistas niegan que su análisis y proyecto se apoyen en hipótesis que podrían someterse a examen. Se apoyan en hechos sólidos […]. Una frase de Lenin que grabaron en el monumento a Marx, en el centro de Moscú, resume todavía mejor esta idea: “El marxismo es todopoderoso porque es verdad”.» [8]

No nos distraigamos mucho con el pequeño detalle de que el conocimiento científico se distingue precisamente por la verificación práctica de las hipótesis de trabajo; es más interesante otra contradicción interna a la que le arrastra su naturaleza híbrida. Y es que siendo un sistema materialista en la frontera del determinismo social, que desprecia el factor personal reduciéndolo a un mero epifenómeno económico, termina defendiendo un férreo voluntarismo. ¿Cómo? Mediante la toma violenta del poder. No es la conciencia del hombre la que determina su ser, porque la voluntad del hombre no es más que la cristalización de su interés particular. El ser humano no es libre; está atrapado en una cárcel de clase. Sus pensamientos sólo son suyos en apariencia; en realidad son el resultado de un algoritmo económico que no puede desprogramar. Sin embargo, ese voluntarismo que se niega al individuo sí se puede desplazar al colectivo merced a la sapiencia de una nueva clerecía: la militancia. Son estos profesionales de la revolución social el germen de la nueva clase dirigente que hemos de creer que, llegado el momento, no mirará por encima del hombro a ese proletario embrutecido por su sórdido interés particular, por el agua bendita de la sacristía, por el fútbol o el porno, según los casos:

«Lenin ha invertido la máxima marxista. Ahora le toca a la consciencia determinar la existencia. El voluntarismo es más importante que el determinismo. Así, no se tendrá en cuenta que, según las leyes marxistas de la historia, la revolución debe empezar en un país industrializado. Rusia es un país atrasado y campesino, pero dispone del partido más combativo, y por lo tanto es allí donde debe empezar la revolución mundial. En adelante la lucha será liderada ya no por los proletarios, sino por el partido, formado por revolucionarios profesionales surgidos de la burguesía y del ámbito intelectual, dedicados a la causa en cuerpo y alma […] el poder espiritual, que en un principio reivindicaban los fieles, se adhiere al poder temporal propio de un gran Estado, Rusia. Empieza entonces el periodo de expansión de esa forma de mesianismo, ese intento de introducir la utopía en la realidad, que dará lugar a una formación social inédita, el Estado totalitario.» [9]

Esta formación totalitaria que prospera aupándose sobre la crisis económica se verá rápidamente contrarrestada por otro modelo de estado totalitario, cuyo burdo cientificismo depende de una mala digestión de las leyes de la biología y del darwinismo social, el Estado fascista. Aunque comparten programa mesiánico y se presentan como formas de organización social filogenéticamente perfectas, no pueden admitirse como enemigos íntimos de la democracia; nunca pretenden un respeto, si quiera sea formal, por las reglas democráticas. Ambos modelos nacen de la democracia; pero se regodean en la caracterización de ésta como un régimen decadente que debe superarse. No son el estatus degenerado de una democracia que subsiste en un registro retórico vaciado de sustancia; son enemigos declarados que pretenden su superación completa. Véase, si no, el papel que se confiere a la violencia como factor de cambio político:

«No basta con modificar las instituciones, sino que aspira a transformar también a los seres humanos, y para hacerlo no duda en recurrir a las armas […]. Lo que distingue el proyecto totalitario es tanto el contenido del ideal que se propone como la estrategia que se elige para imponerlo: control absoluto de la sociedad y eliminación de categorías enteras de la población.» [10]

Este último inciso marca una clara diferencia respecto de la primera oleada de mesianismo revolucionario. El legislador impersonal que concibe Sant–Just parte de una consideración abstracta del ciudadano. Nadie en principio está excluido del paraíso prometido; son sus actos posteriores a la promulgación de la norma los que lo habilitan o incapacitan socialmente. El totalitarismo de segunda oleada cree en pecados originarios de clase o raza, que inhabilitan de raíz sin redención posible. Ejemplos de ello son los kulaks, los judíos, la burguesía en la China maoísta, o los simples habitantes de las ciudades en la Camboya del khmer rojo. No hay rasgo de identidad colectiva sentida o asignada, por exótico que parezca a primera vista, que la insania totalitaria no pueda convertir en pasaporte para mejor vida sin más fundamento que su capricho.

(Continuará)
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[1] Todorov, Tzvetan. Los enemigos íntimos de la democracia (Trad. Noemí Sobregués), Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2012, pg. 13.
[2] Ibidem, pg. 13.
[3] Ibidem, pg. 21.
[4] Ibidem, pg. 26.
[5] Ibidem, pg. 38.
[6] Ibidem, pg. 38.
[7] Ibidem, pg. 41.
[8] Ibidem, pg. 45.
[9] Ibidem, pg. 46.
[10] Ibidem, pg. 48.

domingo, 18 de marzo de 2018

VI. LA IZQUIERDA FENG–SHUI. MAURICIO–JOSÉ SCHWARZ


El hecho de que el conservadurismo social siempre haya echado mano de la superchería, la magia y la religión como baluartes ideológicos con que defender un statu quo marcado por el privilegio y la desigualdad de oportunidades, ha generado en la izquierda filosófica y política un estado intelectual propicio a considerarse la encarnación de la razón. A ello también ha contribuido que el linaje más reputado de la izquierda, el marxismo, se cosiera con frecuencia en la solapa el marbete de «socialismo científico» para distinguirse de todas las demás corrientes filosóficas que, con mayor o menor virulencia, criticaban la sociedad burguesa del siglo XIX, y que eran desdeñadas con la común etiqueta de «socialismo utópico»; y en no menor medida que presumiese de prosapia materialista, aunque sólo fuese como preámbulo para un apareamiento con la dialéctica hegeliana del que alumbrar un oráculo híbrido que asignase sentido a la Historia y vaticinase su desenlace en un paraíso estacionario que se fundiría con el fin de los tiempos, exento de clases sociales y colmado de felicidad —no hagamos mucha sangre recordando que todos los regímenes del autoproclamado «socialismo real» que se inspiraron en tales enseñanzas desembocaron sin excepción en cultos al amado líder, que no dejaban de ser variantes sofisticadas del fetichismo—. Pues bien. No hay motivos para ese pretendido monopolio de la razón. Y ni siquiera se dan en el presente los mejores ejemplos de cómo la crítica social que lleva al progreso se aúna con los valores ilustrados.

Esta entrada se dedica a un ensayo que tiene por objeto principal denunciar, desde posiciones políticas progresistas, la deriva irracionalista que afecta a una parte muy representativa de la izquierda contemporánea. Ya el mismo subtítulo, Cuando la ciencia y la razón dejaron de ser progres, encierra un juicio bien severo sobre el estado de cosas que se pretende iluminar. Me vence, no obstante, la tentación de cierto prurito terminológico que quizás sea reflejo de un prejuicio personal, a saber: soy incapaz de entender el adjetivo progre sin matiz peyorativo. El abandono de la razón no sería, desde mi punto de vista, tanto la anomalía que debe ser descrita y denunciada como la esencia misma de la progresía, su modo natural de ser y actuar, aquello que le otorgaría sus rasgos definitorios.

Arranca Schwarz con una breve introducción epistemológica. Que nadie se asuste; sus razones no nos engolfarán por categorías kantianas, ni terminaremos convertidos en peleles divinos de la mano de Malebranche, ni materializados en una de esas percepciones sensoriales del gusto de Berkeley, que se disuelven en la nada al apagar la luz. Todo es más sencillo; tan sencillo como sostener que no todas las explicaciones con que los seres humanos han descrito el funcionamiento del mundo merecen el mismo crédito. La gran contribución del método científico fue precisamente el establecimiento de esa desigualdad originaria. No se trata, por supuesto, de una desigualdad caprichosa sino conectada con los hechos. Mientras un poeta pudo decir que el orbe fue engendrado por Zeus en el vientre de Atenea, que parió una tortuga gigante; mientras un sacerdote pudo decir que Jehová creó la luz en el primer día, aunque el sol y las estrellas hubiesen de esperar turno hasta el cuarto; mientras un filósofo pudo decir que el universo era la mezcla volátil de tierra, agua, aire y fuego, de poco sirvió a la humanidad ninguna de esas cosmogonías. Cuando las proposiciones fácticas descansaron sobre datos, resultaron reproducibles y verificables por terceras personas que no tenían por qué compartir los intereses ni gustos de sus autores —de hecho, las más de las veces están especialmente interesadas en hacerlas rodar por los suelos, porque de ello dependen cosas tan prosaicas como el reconocimiento académico y los derechos de propiedad industrial—, fue cuando hacerse preguntas acerca del mundo y fatigar las respuestas empezó a ser útil; o, en palabras del autor:

«Los desacuerdos filosóficos anteriores a la Revolución científica se daban en un terreno de iguales. Un filósofo sostenía una opinión […] y otro defendía la contraria […] sin ceder terreno. Podían discutir, y lo hicieron, durante más de dos mil años acudiendo a argumentos más o menos convincentes, agudos u originales, pero sin llegar a ningún lado. Podían acudir, y también lo hicieron, a la autoridad de otros filósofos, así como a la de santos, libros sagrados varios, interpretaciones de tales libros sagrados, observaciones diversas y otras fuentes.» [1]

Pero no nos engañemos; la igualdad epistemológica pocas veces fue algo más que un espejismo. El argumento de autoridad filosófica cedió rápidamente al argumento de autoridad a secas; y así el clérigo, el druida o el nigromante pudieron poner su fértil imaginación al servicio de la espada; así el ser humano pudo ver cómo divinidades de lo más variopinto se constituían en fuente de legitimidad para el ejercicio del poder temporal. En estas condiciones, la erección de un método de conocimiento cualificado no podía más que interpretarse como una amenaza social. Si alguien podía sostener con pruebas una hipótesis sobre algún fenómeno natural —por ejemplo, la rotación de los planetas alrededor del Sol o la esfericidad de la Tierra—, ¿qué le impediría terminar cuestionándose los cimientos del gobierno o del privilegio eclesial? La libertad de expresión no es fácil de fragmentar en porciones discretas; ni su disfrute, aunque sea parcial, es de dócil renuncia:

«En la Ilustración y en sus resultados, la independencia estadounidense y la Revolución francesa, se encuentra el inicio de las ideas de justicia social e igualdad ante la ley, de los derechos y libertades que nos parecen consustanciales a la vida civilizada aunque sean inventos recientes […]. Pero allí también tuvo su origen, como reacción inmediata, el rechazo a la ciencia, al pensamiento ilustrado y a todas las ideas sociales y políticas que incorporaba, así como la nostalgia por una visión mística y mágica que la ciencia y la Ilustración parecían expulsar de la experiencia cotidiana…» [2]

En este punto Schwarz nos sirve de cicerone en un interesante periplo por la historia de la Contrailustración. Vinculada en un principio a la reacción religiosa que ve en las nuevas ideas un intento de destruir la cristiandad, con el andar de los años derivará en un magma místico que informará toda suerte de cultos esotéricos durante el siglo XIX, responsables, eso sí, de pingües beneficios para sus muñidores. Así nacerá la Society for Psychical Reseach, vinculada al espiritismo; la Sociedad Teosófica de Helena Blavatsky, la Antroposofía de Rudolf Steiner, entre otros ocultismos. Dejando de lado sus atributos folclóricos, todos comparten rasgos comunes como el desprecio por la ciencia. La fuente de conocimiento más cualificado se aleja del estudio, que al fin y a la postre no es más que un diezmo que el hombre debe pagar a la materia, para avecindarse en la revelación y la clarividencia, que por una módica inversión de tiempo y trabajo permiten emparentar con la divinidad. No hay color. Otros rasgos comunes son el misticismo, una vaga idea de transformación social, la denuncia del establishment y su anhelo por una hermandad universal del hombre. Estos últimos elementos de cariz político explican su caracterización de clase como opción escapista para aliviar a sujetos disconformes de la mesocracia.

El arranque del siglo XX representó la fase de crisis aguda de la Revolución industrial y de la lógica imperialista con que formó sociedad. La superación traumática de esta crisis por la democracia no fue limpia; la derrota nítida del totalitarismo de raza se logró sobre la base de la conllevancia con el totalitarismo de clase, pero sobre un tablero al que las armas nucleares conferían unos niveles de letalidad desconocidos en la Historia. Ese elemento añadido del miedo, que sus proporciones fuesen de devastación bíblica y sus orígenes mantuviesen vínculos innegables con la investigación científica, fueron un potente catalizador para que buena parte de estos principios esotéricos heredados del siglo XIX fuesen invitados a la fiesta hippie en que se convirtieron las democracias occidentales durante la segunda mitad de los años sesenta, señaladamente EEUU.

Sería injusta, no obstante, una caricatura que desacreditase de modo esquemático todas las inquietudes sociales que bullían por aquel tiempo entre los jóvenes y los activistas más inquietos. El feminismo de segunda generación, que ya obtenido el derecho de sufragio aspiraba a la equiparación social con el varón, los movimientos de minorías raciales y sexuales, el pacifismo, el ecologismo, etc., nacieron o vieron por aquel tiempo cómo su papel en la agenda política se incrementaba. Pero a su lado avanzaba posiciones una forma de entender el progreso social que, en el rechazo conjunto de la vía revolucionaria marxista y el reformismo socialdemócrata, terminaba abducido por el más puro irracionalismo:

«La revolución por motivos económicos no parecía viable en los países opulentos, donde, de hecho, ocurría lo contrario: los jóvenes hijos del sueño americano posterior a la Segunda Guerra Mundial tenían sus necesidades satisfechas […]. Y no sería una revolución materialista como la que preconizaba el marxismo, que dejaba de lado esa espiritualidad que los jóvenes encontraban tan importante como la reacción al materialismo de coche, casa, nevera y lavadora esenciales para el American Dream de sus padres.» [3]

Y en medio del disparate epistemológico, el recurso a una disciplina tan prestigiosa como la astrología, según la cual, las convulsiones sociales que menudeaban por aquel tiempo eran las contracciones para el parto de una nueva era de hermandad: la era de Acuario, es decir, el New Age. Las ideas–fuerza son ligeras variaciones de las esencias preternaturales que inundaban la militancia teosófica, los registros akáshicos que llevaban a la omnisciencia según los devotos de la antroposofía, y demás glosolalia con que embaucadores de todo pelaje buscan adeptos. A ello habría de sumarse la querencia por el exotismo oriental para completar un cuadro que se va poblando poco a poco de yoguis, maestros ayurvedas, gurús de la meditación y pintores de mandalas, que conforme a esa vieja máxima «Hablemos de algo espiritual, hablemos de dinero», aprovecharon la devoción que despertaban para hacerse ricos.

Conviene señalar que la eficacia de tanta mamarrachada mística depende de su capacidad para mecharse con fuentes académicas más convencionales; entre las clásicas, es rastreable la apología del buen salvaje de Rousseau: la pureza del alma humana depende de conservar sus condiciones de vida en el mínimo que garantice la subsistencia; todo progreso material es una fuente de corrupción espiritual de la que se debe abominar. Y entre las modernas, fue Carl Jung quien puso más granos de arena:

«El vivo retrato de la respetabilidad en esa época. Si estaba de acuerdo con los ocultistas más estrafalarios, quizá eso indicaba que había algo cierto en todas esas ideas nuevas [...] La Nueva Izquierda se encontraba así conviviendo con la idea de la nueva era, el new age que preconizarían y comercializarían muchos otros […]. Una amplia variedad de piezas ideológicas y espirituales, de creencias, sensaciones y emociones, de ideas y de ideales, que se conjuntaron para impulsar nuevas formas de activismo político que, al mismo tiempo, transformarían el new age en una nueva religión.
»Y los evangelistas de esta nueva religión serían los maestros espirituales indostanos, para quienes habían preparado el camino los esotéricos anteriores.» [4]

Lo más paradójico de estas nuevas formas de militancia izquierdista estriba en su carácter conservador y neopuritano; todas remiten a la existencia de un paraíso natural que se ve amenazado por los avances científico–técnicos, siendo la solución invariable el retorno a esa Arcadia feliz pretecnológica que viene delimitada por el desenvolvimiento del par dialéctico natural–artificial: lo natural es bueno; lo artificial es malo. Las concomitancias con la moral religiosa resultan evidentes y está de más pedir rigor conceptual a los panegiristas de esta cosmovisión; poco importa que su concepto de lo natural no sea más que una forma subdesarrollada de lo artificial. Porque ¿qué tienen de natural un hacha de sílex, un arado romano o la imprenta de Gutenberg? Nada. Si se trata de planificar la natalidad, ¿por qué no recurrir al infanticidio de los niños no deseados en lugar de tomar píldoras anticonceptivas o emplear preservativos? Durante siglos lo hemos hecho sin mella para considerarnos civilizados. No obstante, el irracionalismo no descansa tanto sobre la pretensión de retornar al Brideshead idealizado como sobre la creencia de que eso se producirá a coste cero, es decir, que podemos retomar los modos de producción de la Edad Media sin volver al nivel de vida de la Edad Media. Un sinsentido.

La parte del ensayo que me resulta más interesante es aquélla en que se explica cómo la filosofía posmoderna —por muy lábil que sea el contorno del concepto— pasa a formar parte de los cimientos argumentales de la contracultura; en concreto, por su contribución a erosionar las bases del conocimiento científico, que resulta impensable sin sostener previamente que fuera de la mente humana existe un mundo material objetivo cuyo funcionamiento puede desentrañarse por el estudio y la razón:

«Una de las ideas centrales que el pensamiento posmoderno propone es que la realidad objetiva no existe, sino que es producto del “discurso”. En términos muy resumidos, la palabra crea la realidad […]. En uno de sus más celebrados ensayos, titulado Sobre la existencia parcial de objetos existentes y no existentes, Latour afirma que no es razonable decir que Ramsés II murió de tuberculosis, porque el bacilo responsable de esta enfermedad no fue descubierto hasta el siglo XIX […]. Para Latour, decir que a Ramsés lo mató ese bacilo exigiría creer que el bichillo viajó en el tiempo hasta el verano del año 1213 a. C. para dar cuenta del poderoso emperador egipcio. Latour deja la duda de si Koch descubrió o inventó el bacilo en cuestión. En definitiva, que antes de que se le diera nombre, se lo caracterizara, no se puede decir que el bacilo de Koch existiera.» [5]

Muy interesante reflexión que bien podría dar pie a un ensayo titulado Sobre la existencia parcial de cerebro en el cerebro de Bruno Latour. Según esas teorías, la Luna sería una invención de la NASA, en los años sesenta, para justificar su presupuesto; George Foreman no habría besado el ring en Kinshasa por los kilopondios que transmitían los guantazos de Muhammad Ali, sino porque desde pequeño le convencieron de que los puños del contrario no eran neutrinos; ni jamás podría decirse que en el mundo hubiese dominación machista hasta que la denunció el feminismo, es decir, que el feminismo descubrió el machismo o lo inventó; ¿de qué se quejan entonces las mujeres?

El posmodernismo, en definitiva, nos propone un salto sobre todo condicionante genético, fisiológico, físico, ecológico, económico o social. Todo es manipulable por el discurso; somos lo que somos porque la sociedad nos ha persuadido para ser así. Y si esto sirve para el hombre que al parecer es la mar de versátil, ¿por qué no para una vaca? Podremos intentar seducirla para que de lunes a miércoles produzca leche, y de jueves a domingo, miel. ¿Y el software? Lo mismo se podrá instalar un sistema operativo en los ordenadores portátiles que en las tostadoras; todos ejecutarán programas y permitirán conectarse a internet; o las rebanadas de pan de molde podrán meterse en el cajetín de los DVD y salir bien rustidas. Qué gran ahorro para la economía doméstica:

«No depende [el concepto de pueblo] de la situación económica, social, política, de representación o de desigualdad e injusticia que sufra un grupo humano, sino de la identidad, una identidad que se “construye” también mediante el “discurso”, es decir, mediante la racionalización y la consigna transmitida por los medios de comunicación, sin atender en lo más mínimo a si es objetiva, racional, o se justifica incluso moralmente, eso da igual.» [6]

Lo más interesante de estas teorías estriba en su fácil utilización como fundamento para la utopía política, porque permiten desentenderse de las limitaciones infraestructurales y de toda restricción económica, ideales admirados por toda ínsula Barataria del buen rollito que se precie, y por tanto, candidatas preferentes para integrarse en el corpus argumental de la izquierda naíf:

«El pensamiento posmoderno cayó de pie en el mundo de la nueva era, al justificar filosóficamente el rechazo al materialismo científico que había caracterizado al pensamiento progresista en gran medida, al quitarle a la realidad el valor que tenía como sustento de un pensamiento científico transformador real. Porque la realidad como tal no existe o, al menos, resulta imposible conocerla y no es más que nuestra percepción condicionada por el discurso, por la palabra.» [7]

Si esta fantasía retro a lo Gorgias de Leontinos suena bien es porque está pensada para que así sea. Nada existe; si existiese, no podríamos conocerlo; si pudiésemos conocerlo, no podríamos transmitirlo. Pero mientras tanto, podemos fabular. Todo este artefacto ideológico está puesto al servicio del retorno a la teórica igualdad epistemológica de la que hablábamos al principio, y con el mismo desenlace en manos de la espada. Si alguien está interesado en hacer creer que todo es discurso, es porque aspira en secreto a apropiarse de los medios para que sólo se trasmita el suyo, es decir, estamos en presencia de la cara amable de una ingeniería social que no puede incubar más que los huevos del totalitarismo.

El ejemplo más palpable de aluminosis inducida por el posmodernismo en los cimientos intelectuales de la izquierda se encuentra en su afán por las políticas identitarias. La sociedad se fractura en grupos y subgrupos. El concepto de ciudadano deja de ser el molde abstracto que define el haz de derechos y deberes que corresponde a cada individuo dentro del cuerpo social, en el que deben confluir todos quienes se benefician de tal condición político–administrativa, y por el que debe restituirse la merma a todos los que, por la razón que sea, juegan con desventaja. Esa concepción que siempre estuvo impresa en el ADN de la izquierda, que permitía políticas generales y aunaba a la sociedad en un proyecto común, cede ahora frente a otra, conforme a la cual, la persona se identifica por lo que es, no por lo que piensa o hace; y a partir de lo que es, genera una dialéctica victimización–culpabilización que define, por vía de la jerarquía inversa, un patrón moral: cuantas más notas de víctima se puedan agavillar en torno a la esencia propia —téngase presente que en ningún momento interviene la conducta personal— más avanza el sujeto o grupo en el escalafón de la virtud pública. En España, el máximo rango estaría en algún punto parecido al de una mujer negra o gitana, no española —o de serlo, que fuese catalana o vasca, porque ya se sabe que el franquismo se cebó con estas comunidades mientras en las demás repartía besos y viandas—, homosexual, no católica, vegana, de clase obrera, jubilada, animalista, que detestase los vehículos de tracción mecánica, especialmente de motorización diésel, y que por nada del mundo votase a la derecha —salvo que se tratase de la derecha racista catalana o vasca, que goza, ésa sí, de una exención general—:

«Reconocer esta diversidad dentro de una identidad compartida seguramente es útil para que los trabajadores no perpetúen desventajas y luchen unidos por todos sus miembros en sus peculiares condiciones […], sin dejar a nadie atrás.
»Pero no fue esto lo que ocurrió […], sobre todo en espacios académicos y universitarios, se formó una jerarquía que considera que quien tiene más identidades oprimidas está más victimizado por la sociedad. Y dado que la victimización es la virtud principal cuando el mundo se entiende sólo como una red de opresiones, quien se sienta oprimido por sus identidades tiene el derecho a reclamarle su situación a cualquiera menos victimizado, que por tanto es considerado un privilegiado y, en cierto modo, el responsable de toda situación de desventaja, de opresión, dominio o discriminación, reales o percibidos.» [8]

Este último inciso es muy importante, porque seguimos bajo el imperio del discurso. La identidad puede tener sustento real, o ser simplemente un episodio exitoso de logomaquia. No es ya que las repercusiones políticas sean devastadoras para un proyecto social conjunto al volar por los aires cualquier pretensión de universalidad de valores; es que las personas seducidas por semejante lógica quedan a la postre confinadas en una cárcel de identidad: la mujer sólo puede vindicarse en cuanto mujer; el negro, en cuanto negro; el homosexual, en cuanto homosexual, etc. El grupo se superpone al individuo portando un férreo patrón de conducta, no un molde abstracto de derechos y deberes en la línea del concepto de ciudadano. Todo intento de vindicación a contra pelo del impuesto por el discurso importa en el fondo un acto de apostasía identitaria, de traición. Y esto resulta especialmente evidente en las estribaciones multiculturales de semejante constructo, donde podemos contemplar con estupor cómo movimientos feministas occidentales admiten, por ejemplo, las mutilaciones genitales que padecen algunas mujeres africanas porque son expresión de un derecho “cultural”:

«La enorme irracionalidad que implica aceptar estas premisas ha desembocado, como último absurdo, en el concepto de “apropiación cultural” […]. La idea básica es que, una vez definido que cada persona debe ser valorada por su pertenencia inmutable y permanente a una identidad cultural, sólo ella tiene derecho a realizar prácticas pertenecientes a su cultura; si alguien más las realiza, se trata de una intromisión, una terrible falta de respeto y delicadeza hacia ella […] La apropiación cultural es especialmente rechazada por un sector de la izquierda cuando una cultura “dominante” utiliza elementos de una “oprimida”. Así, por ejemplo, la interpretación del blues por parte de cualquiera que no sea negro se consideraría una forma de colonialismo cultural y de violación de los derechos de propiedad intelectual de la cultura que le dio origen.» [9]

Si en la revisión de los postulados rousseaunianos late el neopuritanismo, en el multiculturalismo lo hace la más pura reacción. No se trata de imponer la homogeneidad cultural dentro de una sociedad dada, que no es más que una de las quimeras que excitan al nacionalismo cuando se intoxica con piruletas de volksgeist pasadas de fecha. Todas las sociedades son la mezcla de una mezcla de influencias culturales del más vario origen. Se trata de que dentro de una sociedad democrática haya valores y normas que sean oponibles con carácter general frente a los que no quepa oponer excepciones culturales, porque la alternativa tiene un nombre, fuerismo, que nos retrotrae a la Edad Media: un derecho para nobles, un derecho para el clero, un derecho para la plebe, un derecho para los judíos, otro para los moros, otro para mercaderes, y así hasta el átomo social; comunidades separadas, con derechos separados, es decir, el apartheid.

En relación directa con todo ello está el fervor que despiertan en la nueva izquierda las culturas indígenas, a las que con un paternalismo atroz se quiere mantener en la más absoluta ignorancia con el falaz argumento de que cualquier contacto con ellas implica su aculturación. Y así abundan los progres que, rodeados de toda comodidad burguesa, entran en éxtasis místico al lado de un yanomami que se llama Pupila–de–Pantera, que dice cosas muy poéticas como «Garza de tres alas sobrevolar morada del escorpión. Mañana haber aurora de nácar entre piernas de hembra fértil»; pero que jamás se han tomado la molestia de preguntarle a Pupila–de–Pantera si le gustaría disponer de ibuprofeno para calmar el dolor de muelas, de tratamientos oftalmológicos para evitar el glaucoma antes de los treinta años o, simplemente, de una dieta que incluya algo más que plátanos, ñame y estofado de armadillo; que no voy a decir yo que no satisfaga las necesidades nutricionales básicas del ser humano, pero que un poco monótona sí que es. Y todo porque encuentran en Pupila–de–Pantera la razón práctica más refinada para terminar con la guerra, el capitalismo y el cambio climático.

Lo que nos ofrece Schwarz desde ese punto hasta el final del ensayo es un retablo de excentricidades pseudocientíficas, animadas por el manejo espurio de tres conceptos: la confusión entre el riesgo, es decir, la posibilidad teórica de sufrir un daño, y el peligro, la proximidad de que un daño cierto se materialice; la demagogia de que toda actividad conducente al bienestar debe extirpar el ánimo de lucro; y la consideración de la ciencia como parte del aparato ideológico del enemigo, que por tanto, debe ser combatido. Así se rechazan las vacunas porque implican un acto de sumisión al lobby farmacéutico, al tiempo que proliferan como hongos los productos detox, que se supone limpian el cuerpo de toda toxina —no se dice cuáles ni de qué origen—; así se emprende la cruzada contra los maléficos números E; así se rechaza la ingesta de carne porque es producto del discurso generado por la industria cárnica, por más que el admirado Pupila–de–Pantera tenga especial obsesión por echarse al coleto proteínas de origen animal; así se abomina de los transgénicos como si fuesen desarrollados por demonios con rabo rojo y tridente que tienen interés en que a los varones les salgan branquias detrás de las orejas y las mujeres desarrollen mamas debajo de las axilas; así llega la aversión contra la medicina científica, a la que se acusa de cronificar las enfermedades y ocultar remedios sencillos y baratos; así se crea el fetiche de que hay un complot universal para fomentar el consumo redundante por vía de la obsolescencia planificada, y de que la mercadotecnia anula toda capacidad de resistencia. De todo lo que suene a atómico o electromagnético ya ni hablamos. Y todo estaría muy bien, de no ir acompañado por la promoción de ideas alternativas en las que concurren indefectiblemente dos notas: no son gratuitas [10] y son mucho menos efectivas; eso sí, permiten colgarse la medalla de azote del capitalismo, que es algo muy lustroso y de gran pedigrí antisistema. Lo resume el autor con una pregunta bien atinada:

«Al asumir posiciones esotéricas, idealistas, posmodernas, anticientíficas y enemigas de la razón, condicionadas por la ideología y no por los hechos, como en esos casos, ¿no está esa parte de la izquierda traicionándose a sí misma, a una visión del mundo que parte de que el universo es material, real, cognoscible y sujeto de transformaciones inteligentes a través del conocimiento? ¿No está esa izquierda —que no es toda, hay que repetir— convirtiéndose en parte del problema antes que de la solución?» [11]

Quiero terminar con varias consideraciones que están relacionadas con el objeto del ensayo que he intentado glosar, pero que por un elemental principio de honradez intelectual no puedo poner en boca del autor. El pensamiento de izquierda, especialmente en España, está gravemente enfermo. A ello contribuyen el complejo de superioridad moral, la pereza intelectual, la incapacidad para superar el colapso que sufrieron los regímenes del socialismo real, ésos que convertidos ya en señoríos feudales de transmisión dinástica languidecen en Cuba y Corea del Norte; el odio visceral a la derecha, estigmatizada siempre como variante del fascismo, y que las élites partitocráticas emplean como cola de contacto para generar sentido de pertenencia entre la militancia; y por encima de todo, la falta de interés, capacidad y voluntad para desarrollar un modelo económico alternativo al capitalismo, verosímil y serio, que sea algo más que la repetición ad nauseam de los mismos tópicos burocrático–funcionariales de los años sesenta.

Este panorama ya sería de por sí bastante preocupante de no haberse agravado por la irrupción imparable de las políticas identitarias que hemos visto. Éstas hacen fracasar a las sociedades al convertirlas en un mero agregado de individuos ensimismados por la diferencia que explica su nanoidentidad y que les separa de su vecino, pero profundamente desdeñosos del continuo moral, consuetudinario, social, económico e institucional que los vincula a él. Un buen ejemplo de ello lo hemos visto en las últimas elecciones presidenciales estadounidenses, donde décadas de políticas disolventes de la noción de ciudadanía han terminado generando un profundo resentimiento entre los desplazados por el discurso de la identidad [12], al punto de decantar la balanza en favor del populismo en su versión más energúmena y reaccionaria, aquélla que culpa a los inmigrantes o a la competencia extranjera de todo mal, que desdeña a las mujeres de la forma más grosera, que niega el cambio climático, que pone en pie de igualdad el creacionismo bíblico con la evolución de las especies por selección natural, que fanfarronea con el tamaño de los botones nucleares, entre un largo etcétera.

En el caso concreto de España, todo roza lo deprimente. La utilización algorítmica de los términos fascismo y fascista, para desacreditar in limine cualquier posición antagónica o antipática, ha terminado privando a estos conceptos de todo rigor intelectual, y propiciando la mimetización democrática de movimientos, éstos sí, genuinamente fascistas. Y estoy pensando en el Soberanismo catalán, en el que concurren todas las notas que definen al fascismo: irracionalismo, sentimentalismo, superación de la realidad por la voluntad, tradicionalismo, conservadurismo económico y social enmascarado con retórica obrerista, apología de la violencia cuando no su empleo directo, desprecio por todo derecho individual que entorpezca el desenvolvimiento de los conceptos de Pueblo y Cultura —a cuya concreción práctica, por supuesto, sólo es llamado el Partido Guía—, dialéctica nosotros–ellos de perfil supremacista y racista, conformación de un chivo expiatorio causante de todo mal real o imaginario; todo ello puesto al servicio inmediato de la creación de un complejo victimista cuyo objetivo mediato es escamotear los privilegios de las élites locales. Pues bien, vemos hoy cómo esa frase atribuida a Buenaventura Durruti «Al fascismo no se le discute, se le destruye» muta en un patético «Con el fascismo se va de chatos, y de ahí, condón y a la cama».

Ejemplos de esta comunión de intereses con la carcundia más lamentable hay para aburrir. Por estos mismos tiempos, en las instituciones autonómicas asturianas, se debate con el apasionamiento que sólo puede explicar la panza ahíta de quien vive arrellanado en su sinecura, la oficialidad de una lengua sintetizada en un laboratorio de burócratas, cuya única virtud conocida es que podría despertar el interés de frikis de los idiomas inventados como JRR. Tolkien, de seguir con vida. Lo que se pretende, fuera de la verborrea retórica, es expropiar energía presupuestaria a una región no sobrada de ella, para crear su red de abastos a los menestrales de la burocracia más improductiva, obligando a los centros públicos de enseñanza, en los que siempre quedan confinados los chicos de las familias menos pudientes, a perder tiempo impartiendo pseudoconocimientos no habilitantes, mientras que las clases más pudientes mandan a sus vástagos a aprender los idiomas que permiten aspirar a los puestos más relevantes de la sociedad, es decir, barrerles la competencia desde la más tierna infancia, eliminando cualquier posibilidad de promoción social basada en el estudio. Una vergüenza de la que la izquierda ha querido hacerse cómplice, si no inductora.

Por no hablar del rechazo visceral que despierta el comercio; cuando está demostrado más allá de toda duda razonable que las civilizaciones que lo propician prosperan y florecen, mientras que las que lo entorpecen se depauperan y amustian. ¿Cómo explicar la posición de la izquierda española respecto del Tratado de Libre Comercio entre la UE y Canadá (CETA)? Podría entenderse el rechazo respecto de países con estándares de derechos sociales muy a la baja —no lo comparto; sostiene una tesis inmovilista de la producción industrial, y además asume que los países subdesarrollados avanzarán merced a la limosna de los avanzados en lugar de por su trabajo—. Pero si la UE no comercia con Canadá, ¿con quién cree la nueva izquierda que va a hacerlo? ¿Con la Federación de Planetas de Star Trek? ¿Con el Consejo Jedi? ¿O con la Comarca Hobbit? No habla la razón; hablan los principios del cristianismo más reaccionario, de los que el marxismo no es más que una herejía con pretensiones, que ven en el libre intercambio la causa de todos los males del mundo. Esos que sostienen que el pueblo debe entregar a la autoridad espiritual toda la riqueza material para poder purificarse en la miseria. Nada más.
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[1] Schwarz, Mauricio–José. La izquierda feng–shui. Cuando la ciencia y la razón dejaron de ser progres, Barcelona, Editorial Planeta, 2017, pg. 43.
[2] Ibidem, pg. 44.
[3] Ibidem, pg. 100.
[4] Ibidem, pg. 104.
[5] Ibidem, pg. 165.
[6] Ibidem, pg. 166.
[7] Ibidem, pg. 166.
[8] Ibidem, pg. 174.
[9] Ibidem, pg. 181.
[10] Los días 12, 13, 14 y 15 de octubre de 2017, se desarrolló en el Palacio de Congresos de Gijón el XVII Foro ACCE (Arte, Cultura, Ciencia y Espiritualidad). Amén de una aportación inicial de 25 € por los cuatro días del Congreso, el programa anunciaba talleres con títulos tan sugerentes como Activa tu poder a través de conocer el secreto del desdoblamiento del tiempo (20 €), Desarrollo capacidades y cuántica (20 €), Theta Healing (40€) —que es algo relacionado con el manejo de la intuición natural y las ondas theta del cerebro; la finalidad es supuestamente terapéutica—, Vivir desde la intuición, que aparte de un manejo manifiestamente mejorable de las preposiciones, costaba 60 €; Constelaciones cuánticas y familiares para conectar con nuestra misión individual “Una vida en la alegría de seguir el camino que nos es propio” —Sí, no es coña— (20 €), Hipnosis cuántica (20 €), etc. Y consultas privadas sobre Mediumnidad (90 €, 30 minutos), Medicina holística energética (35 €, 60 minutos), Constelaciones familiares (45 €, 45 minutos); El oráculo Luckgoose: El mensaje de las ocas —repito la advertencia: no es coña— (30 €, no refleja cuánto tiempo tarda la oca en parir su augurio). Defiendo el derecho que asiste a cada persona de malgastar su dinero como le venga en gana; no se discute. Lo que no es tan admisible es que la militancia esotérica se acompañe de la protesta airada porque el periodo de espera por una resonancia magnética en la Seguridad Social sea de seis meses, o porque cueste 150 € en una consulta privada. Y lo que más me inquieta como ciudadano es ver que entre los patrocinadores de semejante aquelarre medieval figuren el Ayuntamiento de Gijón, vía Gijón Convention Bureau, y la Cámara de Comercio de Gijón; ambas organizaciones beneficiarias de fondos públicos. No me constan protestas de colectivos izquierdistas, ni por la celebración del evento en sí ni porque indirectamente se hayan involucrado instituciones públicas; cosa que sí ha ocurrido y con mucha fanfarria, cuando el grupo Sheketak actuó en el teatro Jovellanos. Como no son de dominio público las opiniones políticas de los integrantes de este grupo de danza, entiendo que el delito que los convierte en personas non gratas es ser israelís. Quizás me esté volviendo un poco quisquilloso con la edad; pero ser israelí o lo que sea siempre me ha parecido bastante menos reprobable que ser un estafador. Pero claro yo no soy un campeón de la plusvalía como el ex edil de IU Jesús Montes Estrada.
Los interesados disponen de una versión completa del programa en el siguiente enlace: Programa del XVII Foro ACCE
[11] Schwarz, Mauricio–José. Op. Cit., pg. 376.
[12] La victoria de Donald Trump no puede explicarse a partir de su éxito en los estados conservadores del Bible Belt, porque ése es un tradicional feudo republicano. La explicación debe buscarse en la debacle demócrata en el Rust Belt, donde Hillary Clinton es derrotada en Indiana, Michigan, Missouri, Pennsylvania, Virginia Occidental y Wisconsin. La tesis mayoritaria apunta al impacto que el discurso xenófobo, anti establishment y contrario a la globalización, tuvo especialmente entre el electorado masculino de clase obrera no cualificada.

domingo, 4 de marzo de 2018

XII. REFLEXIONES SOBRE LA HUELGA FEMINISTA DEL 8M: NOS SOBRAN LOS MOTIVOS

[1]

Muchos estarán pensando que a qué viene esto de convocar un paro general y con el calificativo añadido de “feminista” con motivo de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer. Incluso conociendo la crudeza de realidades que se han hecho por desgracia cotidianas, como la que tiene que ver con las múltiples y diversas formas de violencia ejercida contra las mujeres, sigue sin verse el sentido y la conexión de esta tara, de esta perversión moral que sufren nuestras sociedades con una figura como la huelga.

Es cierto que asociamos de un modo lógico y acertado el derecho de huelga con el conflicto laboral estricto. Sin embargo, históricamente la huelga alcanza el rango de instrumento reivindicativo y emancipador por excelencia. Para quienes vivimos y desarrollamos nuestra tarea profesional de manera principal en un territorio como Asturias no es menester abundar demasiado sobre este extremo. Hasta los más jóvenes de entre nuestro alumnado retienen en el imaginario colectivo y familiar noticia sobre alguna “huelgona”, como las que tuvieron lugar en distintos momentos de nuestra historia reciente en la minería o en el naval, en las postrimerías del franquismo o en la época de las reconversiones.

Por otra parte, es este un paro integral, de consumo, de cuidados, estudiantil y, naturalmente, de trabajo productivo. Tampoco esto debe causar extrañeza, las huelgas generales suelen revestir esta característica, consistente en constituir una llamada a la sociedad en su conjunto para su movilización frente a las situaciones de injusticia. En esta ocasión ocurre algo curioso, pues del mismo modo que en el contexto de una huelga netamente laboral los huelguistas y, en ocasiones, la ciudadanía que decide solidarizarse con los trabajadores en conflicto y sumarse a las protestas, realizan lo que solemos llamar “actos de acompañamiento” —manifestaciones, marchas, proclamas en ejercicio de la libertad de expresión—, podría decirse que esta huelga es en verdad un “acto de acompañamiento” de una llamada a la movilización social más amplia. Porque las situaciones que se denuncian nos conciernen a todos, y a nivel global. De ahí también que el llamamiento tenga carácter y alcance internacional.

Menos aún debe sorprender el que hayan sido los sindicatos mayoritarios los que hayan tomado la iniciativa, en paralelo y de la mano, sobre todo, de asociaciones y colectivos de mujeres. Por un lado, porque desde que se expandió el fenómeno del denominado “pansindicalismo” en los años setenta las organizaciones sindicales han marcado entre sus objetivos y fines no sólo la tutela y defensa de los intereses de la clase trabajadora, sino —tal y como dice muy tempranamente nuestro Tribunal Constitucional— la vertebración misma de la sociedad y la promoción de la participación cívica en cuantas cuestiones puedan resultar de interés para sus integrantes, y en la lucha por los derechos de todos. La mención de los sindicatos y organizaciones empresariales en el Título Preliminar de la Constitución (art.7) así lo pone de manifiesto. En fin, la centralidad del problema de la posición de la mujer en el mercado de trabajo abunda aún más en esa competencia y ese liderazgo sindical de esta huelga.

Para completar esta especie de caracterización general de la huelga convocada para el próximo 8 M, el calificativo de “feminista” indica el carácter indudablemente político de esta huelga, y su interconexión con otros muchos “ismos” (socialismo, progresismo…). Lo que no obsta para que se pueda y deba afirmar su legitimidad y su oportunidad. La propia índole conmemorativa de la fecha elegida, que no persigue sino reivindicar el papel de las mujeres en la sociedad a partir de la decisión que en tal sentido adoptó la ONU en 1975, trasciende de la demanda originaria del 8 de marzo, puramente laboral, relacionada con el logro de la igualdad de la mujer trabajadora. Se trata, en fin, de denunciar y pelear contra las injusticias que universalmente sufren las mujeres, tal y como se colige del eslogan elegido: “Vivas, libres y unidas”.

De entre los motivos de la movilización, el que me toca a mí más de cerca es el que concierne a la posición de la mujer en el mercado de trabajo. A los laboralistas no nos asombra la preocupación por los asuntos y problemas de los más frágiles y vulnerables. De hecho, en buena medida, esa inquietud está en el ADN de nuestra disciplina. Aunque nos ocupemos de otras muchas vertientes y aspectos de la ordenación jurídica de las relaciones de producción y del trabajo asalariado. Desde ese punto de vista, hablar o reflexionar sobre las discriminaciones en general, y de cómo se encuentran las mujeres en el mundo del trabajo en particular, no puede ser algo más propio de nuestro campo de estudio.

No hace falta detenerse mucho en el análisis de los datos, que en estos últimos días colman las páginas de los periódicos y medios de comunicación, y afloran asimismo a las redes sociales. Sea cual sea la fuente consultada —y son muchas las que pueden arrojar luz sobre este asunto (MEYSS, Institutos de la Mujer, INE, EPA, Eurostat…)—, el mapa de situación nos da noticia de las múltiples “brechas” que afectan a las mujeres, y que se han hecho más anchas y profundas a raíz de la crisis y una vez que nos dicen que esta se va superando. A las mujeres nos afecta en mayor medida el paro y la precariedad; la tasa de ocupación femenina es menor; los empleos temporales nos afectan en mayor medida; no digamos, la parcialidad, el trabajo a tiempo parcial, modalidad de empleo eminentemente feminizada en toda Europa, mayormente involuntaria y con frecuencia fraudulenta (se consignan menos horas de las que en verdad se hacen). Las que he llamado en otro lugar las “descentralizaciones salvajes”, de las que son paradigma las que afectan a las “kellys” (las empleadas de pisos en hostelería), también tienen rostro de mujer. Y, en fin, la triste y mundialmente famosa brecha salarial, que se cifra en España entre un 18 y un 21% de media (o incluso por encima, en función del criterio de medición que se emplee). Por no hablar de otras brechas, como la digital, o la que afecta a las mujeres del campo y del mundo rural.

Un análisis cualitativo de las variables multifactoriales que influyen en las brechas de género abunda en esta idea. En todas ellas confluyen estereotipos de género, tradiciones, educación, cultura empresarial, o meros prejuicios. Por de pronto, subsiste y se perpetúa parece que sin remedio la segregación de las ocupaciones, tanto horizontal como vertical. Ya no se trata del archiconocido “techo de cristal”, que concentra en los puestos de responsabilidad y decisión —tanto en la esfera privada como en los espacios públicos— a los hombres, sino de que siga habiendo sectores, profesiones y actividades feminizados y masculinizados. En nuestro país, en ello ha podido incidir con toda probabilidad el hecho de que una norma franquista (un Decreto de 26 de julio de 1957) estableciese un extenso elenco de profesiones y trabajos prohibidos para las mujeres. El que después de pasados cuarenta años desde la promulgación de la Constitución y de la consiguiente derogación de aquella norma se mantenga esta tendencia no tiene otra explicación que la propia forma que tienen las mujeres de tomar las decisiones relativas a su educación, al diseño de sus trayectorias formativas profesionales y académicas conforme a sesgos de género. Bien por inercia, bien por temor a no ser bien recibida en esos ámbitos educativos, formativos y profesionales masculinos, o a no tener el respaldo de la propia familia y del entorno en una apuesta por el despegue de ese “suelo pegajoso”. Se sabe que incluso influye en sus decisiones la expectativa o el deseo de ser madres en un futuro (para ello es preferible acceder a algún puesto en el sector público, que intentar competir en puestos de relevancia en la empresa privada). El bajísimo —e incluso en descenso— índice de presencia femenina en ciertas carreras o ciclos profesionales relacionados con las tecnologías o con especialidades vinculadas a los sectores y actividades industriales puros deja bien patente ese círculo vicioso en el que nuestras jóvenes se encuentran inmersas. Si a esto se añade que por lo general los trabajos feminizados se encuentran concentrados en los sectores educativo, sanitario o en los múltiples vinculados a los servicios (comercio, hostelería, hogar, cuidados…), donde las condiciones son más precarias (temporalidad, inestabilidad laboral y rotación, parcialidad de las jornadas), y los sueldos más bajos, entendemos otra parte de las brechas, desde luego, la salarial.

Un segundo conjunto de factores tienen que ver, precisamente, con la atribución de valor al trabajo, y con la minusvaloración del realizado por mujeres. De nuevo el ejemplo por excelencia lo ofrecen las viejas Ordenanzas Laborales y Reglamentaciones de Trabajo franquistas, en las que se incluía el concepto de “salario femenino”, que suponía simple y llanamente un importe inferior del que para el mismo trabajo recibía un hombre.

Esta línea o criterio de regulación ha dejado su impronta tanto en los sistemas de clasificación profesional, como en la estructura y componentes del salario. En los primeros, donde pese a los varios y decididos intentos de modernización y sustitución de las viejas categorías profesionales, se siguen pudiendo detectar sesgos de género en las denominaciones, los descriptores o en el manejo de atributos, cualidades o aptitudes típicamente masculinas o femeninas, que luego determinarán o repercutirán con el nivel retributivo asignado a cada especialidad o puesto. Los ejemplos son muchos, pero de nuevo en los hoteles encontramos buena muestra de ello, si las camareras de piso tienen un salario profesional inferior al del personal que se ocupa de limpiar cristales o una piscina, un pinche de cocina o un empleado del departamento de bares.

Si pasamos a analizar la estructura y componentes del salario, prácticamente en todos los tipos de complementos o pluses advertimos esos sesgos. Y así, por ejemplo, los conceptos vinculados al puesto de trabajo y sus circunstancias particulares (penosidad, peligrosidad, insalubridad, nocturnidad, turnicidad…) aparecen con mucha más frecuencia asignados en sectores y actividades masculinizadas (paradigmáticamente, las del sector industrial). Pero si nos centramos en los conceptos que se suelen asignar a puestos de trabajo de tipo administrativo o intelectual, o en sectores y actividades como puede ser la banca, las empresas vinculadas a tecnologías de la información, o la energía, tropezaremos con “atributos” como la disponibilidad, la responsabilidad y el mando, la asiduidad, la puntualidad, casi siempre relacionados con la “intensificación” de la dedicación del empleado o empleada, y que premian ese célebre “presentismo” español, incompatible por definición con la necesidad de repartir el tiempo para compaginar trabajo con otras responsabilidades, típicamente, el trabajo doméstico y de atención a la familia.

Y, por fin, esto conecta con el tercer gran condicionante para las mujeres, que es la división sexual del trabajo, las dificultades para la conciliación de la vida personal, familiar y laboral, y los déficits de corresponsabilidad. En algunos estudios de ámbito internacional se destaca que las mujeres dedican más tiempo que los hombres a trabajar en tareas domésticas, con independencia de cualquier otra variable como pueda ser la situación familiar, o el nivel de estudios o de renta; que la contratación de mujeres es inferior a la de los hombres en todos los tramos de edad, pero aún menor entre los 30 y los 44 años (justo cuando se suele decidir tener descendencia); que las mujeres solteras ganan más de media que las casadas, al revés que les ocurre a ellos, que cuando se casan y tienen familia ascienden y ganan más; que la maternidad, como se decía hace un momento, influye en las decisiones de las mujeres sobre su educación, formación académica, capacitación profesional, elección de empleo y continuidad en el mismo; y, en fin, que los hombres despliegan una progresión en el empleo más lineal y continua que las mujeres, que tienen mayores interrupciones en su carrera.

En la prensa local de hoy se puede leer un titular relativo a un informe llevado a cabo en el ámbito del Principado de Asturias, según el cual casi 1.900 asturianas renuncian a su empleo cada año para cuidar a su familia. En total, 19.000 mujeres a lo largo de diez años.

Para concluir, podríamos mencionar algunas otras causas de feminización de la pobreza, incluso de la pobreza laboriosa, la que afecta a personas con trabajos aparentemente normalizados o de buena calidad. Empezando por la devaluación salarial que incluso algunos organismos internacionales poco sospechosos de defender o propugnar políticas sociales han denunciado, resultante a su vez de varios factores, como la negociación empresarial a la baja o los descuelgues de convenio (salariales, en su mayor parte, y concentrados con claridad en pequeñas o medianas empresas del sector servicios); cuando no de prácticas abiertamente fraudulentas como la “falsa negociación colectiva” desarrollada en algunas empresas multiservicios; o de las igualmente dudosas descentralizaciones “salvajes” (de las que también hemos ya dado cuenta en este blog). El empleo irregular y sumergido, como el que afecta a las empleadas de hogar; o la proliferación de falsas autónomas. El trabajo hiper–precario, como el de las artistas, las penadas en instituciones penitenciarias, o el empleo doméstico “regularizado”. Y, no me importa repetirlo una y otra vez, el trabajo a tiempo parcial, involuntario, “a migajas” y con fraude, que tantas veces ha motivado que el TJUE considere nuestro sistema de protección social en esos casos difícilmente compatible con la no discriminación por razón de sexo. Últimamente, en relación con la protección por desempleo del trabajo a tiempo parcial “vertical” [STJUE de 9 de noviembre de 2017, asunto Espadas Recio (C-98/15)].

¿Hay vida después de la huelga del 8 M? O, dicho de otro modo, ¿cuáles pueden ser las soluciones para esta batería de lacras sociales que golpean a las mujeres?

En el plano normativo ya se apuntan algunas, referidas a la lucha contra la brecha salarial o a la violencia de género. Lo cual no deja de ser paradójico, cuando algunos estudios especializados destacan como iniciativa en el buen camino para combatir la desigualdad y las discriminaciones contra las mujeres a nuestra legislación en la materia, en particular, a la LO 3/2007. O cuando en algún ejemplar pronunciamiento jurisdiccional se considera discriminatorio un plan de bonificaciones de una empresa que dificulta a las mujeres que hayan estado de baja por maternidad devengar los incentivos, sobre el razonamiento de que la empresa únicamente opone su discrecionalidad frente a la “pléyade normativa, constitucional y jurisprudencial” que integra la tutela antidiscriminatoria por razón de sexo [STS de 27 de mayo de 2015 (Rec.103/14)].

No es que yo desautorice las nuevas iniciativas legislativas, pero quizá habría que empezar por demandar que se cumplan efectivamente las normas que ya tenemos, y que se sancione a las empresas incumplidoras. No es de recibo que —según datos que manejan los sindicatos mayoritarios— de las aproximadamente 4.000 empresas que en España tienen la obligación de implantar y aplicar un plan de igualdad, por tener plantillas de más de 250 trabajadores, ni lleguen a 200 las que los han adoptado. Y para ello, seguramente hacen faltan más efectivos en la Inspección de Trabajo (por cierto, las últimas promociones integradas prácticamente en su totalidad por mujeres), y quizá mejor formados o con más herramientas para detectar las conductas infractoras. No se comprenden —ni se compaginan con otros datos, incluidos los que ofrece la práctica judicial y la jurisprudencia en la materia— las cifras de la última memoria publicada de la Inspección (la del 2016), donde en proporción con las intervenciones llevadas a cabo, las sanciones efectivamente impuestas resultan casi ridículas.

Por fin, nos hace muchísima falta mejorar en educación y formación para ser capaces de abandonar definitivamente estereotipos, prejuicios y temores, y de mejorar nuestra cultura ciudadana, en general, pero especialmente en relación con las imágenes, roles, concepciones y actitudes respecto de las mujeres. El machismo y las diversas formas de violencia contra las mujeres son, a fin de cuentas, como he oído decir en estos días, achacables a una “brecha de mentalidad”.

Así pues, parafraseando a Joaquín Sabina, para parar el 8 M, a tod@s nos sobran los motivos.
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[1] Anchor Insurance Co., Los Ángeles (Ca), circa 1949.
Fotografía tomada de: http://www.shorpy.com/node/13534